En un cambio del paisaje, en ruta y desde la carretera, pasamos del mesetário alcarreño a un valle profundo y boscoso y en el fondo la villa de Caspueñas, apreciamos lo reducido de su casco urbano, rodeado de chalets, campos de labor y choperas. Sus laderas tapizadas de vegetación autóctona se salvaron de la acción humana gracias en parte a lo empinadas que se encuentran, aquí tampoco hubo empeño en establecer bosques ajenos a los nativos. Son impenetrables manchas de roble quejigo con encinas, pistáceas, arces y algún que otro enebro, los que tapizan sus laderas y un mosaico arbolado del bosque de ribera, con sauces, álamos, saúcos y mimbreras, flanquean el río en el fondo del umbroso valle, ensanchando este tan solo a orillas de los molinos que jalonan su recorrido. Los cambios cromáticos a lo largo del año son un efecto añadido a su natural belleza y así tenemos encendidas cornicabras que salpican de rojo la verde ladera con un valle otoñal que se pinta de tonos oro antes de caer la hoja. Es la primavera estación del despertar en flores y aquí de gran relevancia los campos de estepa o jara blanca con flor carmesí. Un agradable perfume llena el valle por su abundancia de plantas aromáticas y la estrella entre ellas el espliego o lavanda que por estos entornos es abundante, sin menospreciar a salvias y tomillos.
No es difícil encontrar fauna mediterránea: corzo, jabalí, águila o garza en esta fronda alcarreña, humedecida por sus múltiples fuentes y nacimientos, ya que el agua no falta. Son múltiples las posibilidades de paseos y marchas para descubrir algún secreto de lo natural, pero cabe destacar el reconocimiento del barranco de Valhondo, visualizar una vieja presa de molino o visitar con cautela las baterías de colmenas donde la abeja se afana en elaborar tal vez la mejor miel del mundo.
Nunca tendremos la sensación de conocer la comarca de la Alcarria desde su aspecto natural sin haber visto este valle típico de su orografía geológica y paisajística.